Neuroestética

Por allá de 1998-1999 cuando cursaba el último año de preparatoria, tomé una clase de Estética, así se llamaba. En la primera sesión, la maestra aclaró: estética no es el lugar a donde van a cortarse y teñirse el cabello, estética es la filosofía del arte. Y minutos después: que ella fuera la maestra no implicaba que ella nos fuera a decir qué es el arte, ni tampoco que fuéramos a hablar de obras de arte en términos de bonito o feo. Finalmente, habló de la experiencia estética pero no en términos filosóficos, ni intelectuales, sino físicos; lo comparó a un orgasmo y nos hizo un recorrido de cómo la experiencia estética pasaba por cada parte de su cuerpo. La imagen en mi cabeza, estoy segura que no sólo en la mía, fue perturbadora y, a partir de ahí, esperando un orgasmo casi espontáneo, nunca fue lo mismo pararse frente a una obra en un museo rodeada de otras personas. El orgasmo en el museo nunca llegó pero, en los más de doce años que han pasado, frente a un Pollock en el MoMA y a un Van Gogh en su museo, así como leyendo Beloved de Toni Morisson y Ensayo sobre la ceguera de Saramago, lloré. En los museos un poco, en mi habitación a mares sobre las páginas impresas de los libros. Por mucho que en ese momento me resistí a la interpretación/vivencia de la experiencia estética de mi maestra, ahora pienso que ahí nació mi interés por ver la lectura como experiencia – no tiene que ser orgásmica, puede ser una sensación más tenue – que se vive intelectual, emocional y físicamente.

Todos estos recuerdos y asociaciones llegaron estos días leyendo los volúmenes de la serie Foundations and Frontiers in Aesthetics – New directions in Aesthetics, Creativity, and the Arts (2006) editador por Paul Locher, Colin Martindale, Leonid Dorfman, Evolutionary and Neurocognitive Approaches to Aesthetics, Creativity and the Arts (2007) editado por los mismos Martindale, Locher y por Vladimir M. Petrov, y Neuroaesthetics (2009) editado por Martin Skov y Oshin Vartanian, que reúnen un número importante de investigadores dedicados a la neurociencia de la experiencia y creación estética.

En primera instancia, los artículos introductorios y los reviews ponen sobre la mesa las mismas preguntas que mi maestra hizo a un grupo de 40-50 chicos y que los filósofos han tratado de responder por siglos ¿qué es el arte? ¿cómo se hace el arte? ¿qué lo distingue? ¿cómo experimentamos el arte? etc. Los autores reconocen su deuda con los filósofos desde Aristóteles hasta nuestros días, explican la dificultad ancestral de estas preguntas y reconocen los retos de hacer diseños experimentales que aborden con justicia la complejidad de los fenómenos creativos y receptivos de objetos artísticos y su diferencia con otro tipo de objetos que evocan reacciones similares. Por lo tanto, Skov, por ejemplo, propone un atajo: hablar de conductas artísticas (art behavior) y no comenzar por la pregunta qué es arte, sino cómo el cerebro computa el arte y qué constituye una conducta artística. No sé cómo se llame esa estrategia en filosofía, pero básicamente la idea de Skov es hablar del arte y la literatura a partir de características a su alrededor, tales como a) el arte es el resultado de un acto de creación – la manipulación de un material físico con la intención de producir una forma específica, b) una obra de arte provoca una experiencia en un observador producto de la intencionalidad del creador y de la disposición del receptor, c) al provocar una experiencia, un objeto artístico adquiere una función comunicativa especializada como transmitir estados de animo, pensamientos, emociones, valores e ideas importantes, etc. y d) los objetos artísticos, a diferencia de otro tipo de objetos, requieren interpretación. Como tales no se traducen en una representación mental significativa ya que están constituidos por parte novedosas, enigmáticas y fuera de lo común. A todo esto se le suma el componente emocional que acompaña la apertura de interpretación de una obra de arte. ¿Qué parece ser lo más interesante de estas aproximaciones? Para mí, que las consideraciones sobre lo que constituye el arte dependan en gran medida de estar dirigidos a un observador, de tener una intención de provocar algo en ese observador y de realmente suscitar una experiencia en él.

De esta forma, muchos de los investigadores incluidos en los tres volúmenes van directo al grano y hablan de las respuestas de los observadores en diferentes medios artísticos. Uno de ellos es David Miall dedicado en específico a la recepción de literatura. Curiosamente, Miall, antes de explicar algunos de los experimentos que buscan entender diferentes respuestas de los lectores a textos dados establece sus dudas sobre la capacidad natural/inmediata/constante de los lectores para generar interpretaciones (en el sentido más intelectual y académico) y favorece la teoría de que los lectores se ven atraídos por la oferta de un texto para generar algún tipo de experiencia, la cual después puede ser interpretada por el propio lector o por un investigador. Con la idea de estudiar estas respuestas experienciales, Miall presenta un catálogo de posibles escenarios experimentales como la manipulación de un texto para aislar efectos particulares (por ejemplo, si un texto tupido de metáforas se lee diferente al mismo texto desmetaforizado); los estudios que no manipulan el texto y buscan ver características intrínsecas de un texto (i.e. si pasajes con lenguaje poético se traducen en tiempos de lectura mayores y mayor reacción emocional) o extrínsecas (por ejemplo, la predisposición de los lectores al leer un tipo de texto periodístico o uno literario); y finalmente los estudios que comparan dos textos de distinta índole y las respuestas que resultan de cada uno a través de tasks y cuestionarios.

De regreso a mi maestra de Estética en la preparatoria no puedo evitar pensar que en cierto nivel todos intuimos y vivimos la experiencia estética precisamente como una experiencia. Y sólo puedo preguntarme dos cosas ¿en qué momento la lectura dejó de verse, estoy generalizando claro, como una experiencia? y más como un apéndice a otro tipo de experiencias: un viaje, un día relajado en el sofá bebiendo té, o esa época de la vida, de la que conversaba la otra noche con mi amiga Paula, combinación de hipersensibilidad emocional, laboral, física e intelectual, llamada doctorado; y la segunda pregunta ¿cómo le regresamos la experiencialidad a la lectura? de forma en que los lectores seamos, es decir, nos consideremos, no sólo partícipes de los textos sino, como arguyen los neuroestéticos, piezas clave en la constitución de las obras de arte.