Edades del libro / Ages of the Book

EN
(Texto largo en español abajo)

Last week I participated in the II International Conference Ages of the Book that took place at the Institute of Bibliographical Research at UNAM. The program included luminaries like Robert Darnton who dazzled everyone with his generosity, approachability and clarity (I never expected any less) and Andrew Piper who left everyone, even DHers amazed with his studies on topological reading.

I read my paper on Amaranth Borsuk and Brad Bouse’s Between Page and Screen in Spanish, but the abstract is available in English. I copy it ihere.

Textual Environments. Multimaterialy Beyond and Around Between Page and Screen

In this paper I take Amaranth Borsuk and Brad Bouse’s Between Page and Screen published in 2012 to analyze the notion of multimateriality leading up to the creation not of a book, an artist’s book, or a multimedia object, but of an artifactual emergent textual environment. Between Page and Screen is both a print book and a digital one; thus, as a textual environment, I argue, is characterized by a multiplicity of devices with distinct material interfaces and specific communication structures associated to each one. When coming together, nonetheless, these structures lose their apparent discreteness in order to give way to a particularized textual configuration and the enactment of a provisional reading experience. Between Page and Screen, by proposing a layered reading experience and distinct codifications in which both flesh and blood and machine readers consume and produce different facets of text highlights the fluidity of textual content across material objects yet it is particularized in its objectual configuration.

ES

La semana pasada participé en el II Congreso Internacional Las Edades del Libro celebrado en el Instituto de Investigaciones Bibliográficas de la UNAM. El programa incluyó a Robert Darnton que nos dejó a todos deslumbrados con su generosidad, sencillez y claridad (nunca esperé menos) y a Andrew Piper que incluso a los humanistas digitales presentes nos sorprendió con su noción sobre lectura topológica.

Yo participé en una de las mesas sobre libro electrónico con la presentación Ambientes textuales: Multimaterialidad más allá y alrededor de Between Page and Screen de Amaranth Borsuk y Brad Bouse que copio abajo.

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Voy a comenzar, como no se debe, ofreciendo una disculpa, porque a pesar de estar en la sección de libro electrónico, de hecho, voy a hablar de un libro impreso, si bien se trata de un libro que no es solamente un libro impreso. Between Page and Screen (BPaS) de Amaranth Borsuk y Brad Bouse fue editado primeramente en una imprenta manual en un reducido tiraje de doce copias y en una segunda edición comercializada por Siglio Press en 2012. Primero que nada quiero tomar un par de minutos para mostrar la obra y el proceso de lectura que implica.

Como podemos ver en este ejemplo, el libro es una instancia cada vez más difícil de conceptualizar en los términos en los que lo hemos venido haciendo durante siglos. Como lo proponen Jessica Pressman y Katherine Hayles en su estudio sobre Medios Textuales Comparados “la diada de libros y pantallas está por ser desplazada [ya que…] nuestras prácticas textuales más comunes están cada vez menos restringidas a un solo dispositivo” (2013: X). Pocos ejemplos denotan la creciente complejidad del libro en el mundo postdigital descrito por Pressman y Hayles como Between Page and Screen pues su lectura incorpora una serie de instrucciones, procesos y medios o dispositivos que difícilmente podemos abordar a partir del binomio libro impreso-libro electrónico e incluso, aunque así lo sugiere su nombre, desde el par página y pantalla. Ejemplos concretos de prácticas textuales contemporáneas como BPaS son cada vez más difíciles de encajonar en una categoría delimitada y nos obligan a pensar en nuevos conceptos aunque sean necesariamente transitorios. La multiplicidad de dispositivos señalada por las críticas estadounidenses y llevada a la práctica por BPaS implica una multiplicidad de posibles configuraciones de la interface de lectura y de posibles formas de interacción con el texto: esto es lo que aquí llamaré multimaterialidad. En esta presentación tomo Between Page and Screen como la base para mi análisis de la multimaterialidad de los textos que llevan a la creación no de un libro, ni de un libro de artista, ni de un objeto multimedia nada más. Por el contrario, por medio del análisis de BPaS, quiero proponer la noción de ambiente textual emergente como uno de estos conceptos transitorios necesarios para abordar fenómenos textuales actuales.

Para hacer esto, me apoyo en tres bases conceptuales. En primer lugar, la noción de texto propuesta por Rita Raley entendido como “el evento entero, su arquitectura física, lógica y conceptual; el montaje y la experiencia; sus estructuras temporales, y sus protocolos sociales asociados” (2013: 21). En segundo lugar, tomo la definición de interface de Lori Emerson como “la tecnología—ya sea un fascículo, una máquina de escribir, la línea de comando o una interface gráfica—que media entre lector y la escritura de autoría humana en la superficie, así como, en el caso de los dispositivos digitales, la escritura que hace la máquina por debajo de la superficie” (2014: X). Y, en tercer lugar, el trabajo de Ulises Carrión para quien, famosamente “un libro es una secuencia de espacios. Cada uno de esos espacios es percibido en un momento diferente: un libro es también una secuencia de momentos” (1975: 37). Sobre estas tres bases propongo la lectura de BPaS como un ambiente textual: un artefacto multimaterial provisional que emerge únicamente a partir de varias interfaces y una configuración material y estética que incluye varias capas de lectura y escritura y provoca prácticas textuales distintivas.

Aunque sus autores lo presentan como un libro, hay muchas otras cualidades que considerar. Las conexiones entre sus componentes materiales y la forma en la que se retroalimentan se resisten a ser divididos: aunque podemos identificar el espacio y el momento que ocupa cada uno, ninguno es por sí solo BPaS. Aunque es del todo imposible separar sus componentes, intentarlo es un ejercicio interesante para revelar su multiplicidad y sus interconexiones. Así, podemos caracterizar BPaS como un libro impreso que se lee en una computadora, a lo que hay que añadirle que hace falta una webcam y acceder a un sitio web desde el que funciona un programa de realidad aumentada (RA). Podemos también invertir esta caracterización y decir que es un sitio web con un aplicación de RA que lee códigos impresos en un libro a través de una webcam. Una tercera opción es decir que es un motor de RA incrustado en un website que se activa cuando se muestran los códigos impresos en un libro a una cámara web. No obstante, la retórica que utilizamos para describirlo conlleva una serie de protocolos asociados a cada medio: como un libro impreso, como un sitio en internet y como una aplicación web. Las expectativas que cada medio provoca en el lector, así como las convenciones ligadas a ellos vacilan de acuerdo con qué objeto nos familiarizamos en primera instancia y se transforman de manera radical cuando los juntamos todos. Para Lisa Gitelman, los medios son “estructuras de comunicación que se realizan socialmente, e incluyen formas tecnológicas y sus protocolos asociados, y en las que la comunicación es una práctica cultural” (2006, 7). Sobre esto, yo arguyo que el ambiente que nos presenta BPaS altera estas estructuras de comunicación al nivel de cada uno de sus dispositivos y promueve una práctica de lectura híper específica a su configuración que son a la vez protocolos tanto web como librescos. Así, ni el libro ni el sitio web, ni la página, ni la pantalla se mantienen como entidades discretas, sino como facetas irrealizadas del ambiente textual que leemos.

Incluso si la instancia de BPaS como codex impreso parece relativamente convencional, su configuración es completamente sui generis: no hay texto en el libro excepto por el aparato editorial—el título, los créditos, los detalles de la edición y las instrucciones—no hay números de página y las páginas están impresas solamente en el lado derecho. Además en lugar de palabras impresas, nos encontramos como ya vimos con una serie de matrices que podemos observar pero no leer. El hecho de que el libro es imposible de leerse por sí solo, remueve muchos, si no todos lo protocolos asociados al medio en el sentido propuesto por Gitelman. La capacidad de leerlo a través de un sitio web en una pantalla, además, transfiere las convenciones del libro a la pantalla y el sitio web donde otros protocolos operan. No obstante, algunas convenciones se mantienen, como el poder dar la vuelta a las páginas, el que existe una primera y una última página y el entendido de que hay una serie de poemas arreglados secuencialmente página por página. La modificación de estos protocolos del libro despierta una curiosidad renovada sobre lo que sí está impreso: las referencias y detalles editoriales como la tipografía utilizada, el lugar de impresión, los agradecimiento y los estatutos legales—es decir la información que con mayor frecuencia escapa la atención de los lectores en un libro que “se lee”. La inclusión necesaria del aparato editorial señala también hasta qué punto BPaS es parte del mundo editorial sin importar que se trate de un libro tan peculiar. Incluso podríamos decir que es este aparato editorial el que ancla BPaS a la categoría de libro más que al resto de su configuración material.

El sitio web, y más específicamente, la computadora conectada a la red necesaria para interactuar con BPaS puede parecernos menos sorprendente—una consecuencia que podemos achacar a cómo se han convertido en repositorios y portales de toda clase de medios, experimentación, contenidos, etc. El sitio web de BPaS tiene los elementos usuales: una página de inicio, un acerca de, un avance, un dónde comprar y una liga con contactos, entre otros. Las diferencias vienen en las secciones de Leer y Ayuda que lidian con el programa de RA que libera los poemas. Fácilmente visto como una herramienta, como si nos pusieramos los lentes de lectura, este aspecto del sitio web de BPaS sobresale como parte de la configuración material del texto. Para muchos, puede parecer que el sitio web tiene un estatus instrumental, pero si lo miramos como un componente material del proyecto, su funcionalidad y su desdoblamiento procesual está lleno de implicaciones significativas. Una de ellas es evidenciar la multimaterialidad del texto o, dicho de otra forma, la realización de que BPaS no se puede leer en o con un dispositivo único.

En la página de “Ayuda” nos encontramos con las instrucciones que enumeran solamente dos de los materiales que se necesitan “1. Una copia del libro o un avance. 2. Una webcam”. Así Borsuk y Bouse parecen esforzarse en abreviar el montaje de lectura—quizá para lograr el efecto sorpresa que causa leer por primera vez BPaS. No obstante, al hacer eso, obvian una serie de sutiles actividades que completan el montaje de la lectura como el hecho de que una página web ya se ha accedido por medio de una computadora conectada al internet, que el lector está frente a una pantalla y ha activado un programa de RA que le permite leer las palabras escondidas en los matrices impresos en el libro. Dependiendo de dónde se enfoque nuestra mirada, aspectos materiales de BPaS saltarán a la vista o permanecerán bajo la superficie de la pantalla, pero aunque no los notemos en primera instancia son parte clave del montaje de la lectura.

Las instrucciones nos conducen en el ambiente poco familiar de BPaS y en ese sentido establecen una ruta clara para configurar el ambiente textual: un ambiente que debemos construir deliberadamente y un conjunto de acciones procesuales también muy intencionales que resultan en la capacidad provisional de leer los poemas. Hasta cierto punto, el guión asignado al lector propone un ambiente con reglas más o menos claras y un objetivo final: leer los poemas. Este proceso parecería sugerir que el contenido escondido y revelado del libro impreso es el aspecto más sobresaliente de BPaS. Yo no estoy de acuerdo. Por maravillosos que sean los dieciséis poemas, éstos pasan a un segundo plano cuando se les mira en la totalidad del proyecto y propongo que lejos de privilegiar uno y otro, la propuesta estética de BPaS yace en la simultaneidad de los procesos de lectura que suceden tanto en la superficie como al fondo de sus interfaces.

Ahora bien, debido a la especificidad de su configuración multimaterial, el montaje de lectura de BPaS adquiere una dimensión temporal y espacial pues el texto no existe ni puede encontrarse en un solo dispositivo, por el contrario, solamente tiene lugar y, de forma provisional, en el proceso de reunir sus componentes materiales. Metafóricamente—pero también materialmente—las animaciones de RA son ilustraciones aptas de la provisionalidad espacial y temporal de BPaS: un movimiento en la dirección equivocada hará que el marcador salga del campo de lectura de la webcam que, a su vez, hará imposible que el programa de RA lo lea y el texto en la pantalla se desperdigará fuera del marco del monitor. En tanto requiere un conjunto de medios materiales y del desarrollo de procesos, el ambiente textual no es para nada transportable ni trasladable a campos de acción compartamentalizados (solamente el libro, solamente el sitio web, solamente la computadora), pero aunque breve y restringido a la configuración de su propio ambiente, el montaje de su lectura es repetible. Los componentes materiales de BPaS están fusionados de forma tan intricada que no pueden existir de forma completamente independiente. La página y la pantalla aludidas en el título constituyen los extremos y, yo argüiría, lo más importante no es solo lo que existe entre ellos, sino más aún lo que sucede a su alrededor y durante su montaje.

El montaje de la experiencia es otro aspecto importante a considerar ya que el ambiente textual de BPaS no es solamente poco familiar, también es incómodo. Dependiendo de las particularidades de la computadora y la webcam que se utilicen, la tarea de sostener el libro frente a la cámara va desde incómoda hasta inconveniente. Difícilmente un defecto de diseño por parte de los autores, la rareza de la experiencia de lectura en un nivel físico también contribuye a poner de manifiesto la configuración multimaterial del proyecto y enfatiza el proceso de mediación. En BPaS no queda ninguna duda que el lector facilita, organiza y es parte de la producción del texto desde el nivel físico. La lectura de BPaS es un esfuerzo tanto de producción como de uso. Además, como ya señalaba al inicio de la presentación, el proceso de leer BPaS no solamente involucra al libro, la pantalla y el lector, sino un conjunto de componentes “oscurecidos” como el procesador de la computadora, la conexión a internet y el motor de RA que funciona atrás del sitio web. Dicho de otra forma, para cuando el lector puede leer las palabras de BPaS un proceso previo de lectura—hecho por una máquina—ya ha sucedido. Este proceso inicial de lectura, propongo, es también parte del ambiente textual, ya que los lectores de carne y hueso ponen las condiciones para que suceda, reciben el resultado y se vuelven a involucrar con él. Lori Emerson ha descrito procesos textuales análogos como “un acto que es al mismo tiempo de lectura y de escritura” (2012: n/p). Este doble movimiento en BPaS aplica tanto para el lector de carne y hueso como para el programa de RA ya que en diferentes momentos cada uno contribuye a la producción y utiliza—o utiliza y produce—distintas momentos y espacios del ambiente textual. Esta doble capa de lectura una vez más desplaza la importancia de los poemas y la deposita en los procesos llevados a cabo dentro el ambiente textual.

El que BPaS requiera una simultaneidad de los distintos dispositivos—electrónicos e impresos—y los distintos procesos—humanos y mecánicos—para su lectura señala la profunda influencia y las interrelaciones que existen entre todos ellos en el mundo postdigital. La conjunción de dispositivos y procesos e incluso la inaccesibilidad de las páginas impresas y del programa de RA para nuestros ojos, además, apuntan a la rareza de nuestra lectura y decodificación alfabética. En estos procesos, la lectura se aleja de la exclusividad del lector de carne y hueso y se distribuye en capas entre, alrededor, y más allá de la página y la pantalla. Los componentes de BPaS no tienen sentido aislados, ni siquiera el montaje de la lectura, sino solo en conjunto como un ambiente textual.

Los distintos medios materiales de BPaS, su configuración espacial y temporal y su montaje de lectura crean una estructura de comunicación específica, o un protocolo que parecería único a este proyecto y es al mismo tiempo familiar en tanto nos recuerda muchas de nuestras prácticas cotidianas y constantes de lectura. Aún así, BPaS mantiene una dimensión de lectura individual al enfatizar su eventualidad y la forma en la que sucede en un espacio específico y dentro de un marco temporal que los lectores realizamos. BPaS es un ejemplo verdadero de la creciente inestabilidad de la noción de libro, así como la de libro electrónico y más aún, la de lector. Al crear un ambiente textual, Borsuk y Bouse no solamente socavan la división entre lo impreso y lo digital, lo textual y lo visual y lo concreto y lo virtual, también demuestran el movimiento constante que toda práctica textual está teniendo hacia la multimaterialidad y estiran al límite las nociones y presuposiciones actuales no solo de lo que el libro puede ser en la actualidad.

Referencias:

BORSUK, AMARANTH and BRAD BOUSE (2012a), Between Page and Screen. Los Angeles and New York: Siglio.
—– (2012b), “Between Page And Screen” Between Page And Screen, Available online: http://www.betweenpageandscreen.com/ [Accessed January 17, 2014].
CARRIÓN, ULISES (1975/2012), El arte nuevo de hacer libros. Juan J Agius (ed.). México, DF: Tumbona and CONACULTA.
EMERSON, LORI —– (2012), “’Reading Writing Interfaces’ Book Project Description”, available online http://loriemerson.net/2012/09/07/reading-writing-interfaces-book-project-description/ [Accessed 1st February, 2014]
—–. (2014), Reading Writing Interfaces: From the Digital to the Bookbound. Minneapolis: University of Minnesota Press.
GITELMAN, LISA (2006), Always Already New: Media, History and the Data of Culture. Cambridge, Mass: MIT Press.
HAYLES, KATHERINE, and JESSICA PRESSMAN (2013), “Introduction”, in Katherine Hayles y Jessica Pressman (eds.), Comparative Textual Media Transforming the Humanities in the Postprint Era. Minneapolis: University of Minnesota Press.
RALEY, RITA (2013), “TXTual Practice”, in Katherine Hayles and Jessica Pressman (eds.), Comparative Textual Media Transforming the Humanities in the Postprint Era. Minneapolis: University of Minnesota Press.

Definiciones de metaficción I

La primera dificultad que me encuentro al hablar de metaficción es la forma de referirse a ella como género. La segunda es que, en la literatura teórica, se define por atributos muy amplios: desde cómo opera, qué efectos propone, qué implica, etc. Debido a que es posible encontrar metaficción en una variedad de medios narrativos (filme, texto, etc.) y no narrativos (artes visuales), así como en distintos géneros (en el sentido de cuento, teatro, novela, pero también en el de drama, melodrama, comedia, y el de ciencia ficción, autobiografía, etc.) yo prefiero caracterizarla como un modo. Hacer esto me permite incluir cualquier tipo de texto – no sólo en el sentido de impreso y/o electrónico y/o en vivo – que construya un mundo ficcional que apele a algún aspecto de su producción, recepción o materialidad propias.

Habiendo planteado estas preocupaciones generales sobre el modo metaficción, partir de esta entrada exploraré formas en las que la metaficción ha sido abordada por críticos y teóricos. El propósito de esto es extraer las generalidades (o falta de ellas) que parezcan más necesarias para entender los alcances de la metaficción. Conforme vaya avanzando espero también poder dejar cada vez más claro que el objetivo último será ver su desarrollo desde El Quijote hasta la cultura participatoria de nuestros días.

En esta primera entrada sobre las definiciones de metaficción, quiero detenerme en el texto de Linda Hutcheon, Narcissistic Narrative. Este trabajo publicado en 1980 es especialmente valioso porque no habla de metaficción como un fenómeno únicamente posmoderno. Si bien, Hutcheon elabora sus argumentos a partir de un grupo de novelas contemporáneas a su investigación, la visión histórica literaria está siempre presente. De hecho, Hutcheon reconoce que “from its origins the novel has displayed an interest in moulding its reader” (27). No obstante, la crítica canadiense sí reconoce el auge que la metaficción había tomado (y continuaba tomando) en la década de los ochenta y que no se limitaba a únicamente los géneros narrativos. Otro eje de argumentación en Narcissistic Narrative es la casi equivalencia de la escritura y la lectura de un texto metaficcional, “what has always been a truism of fiction, though rarely made conscious, is brought to the fore in modern texts: the making of fictive worlds and the constructive, creative functioning of language itself are now self-consciously shared by author and reader. (30) Entre los rasgos que más me interesa rescatar de su tipología de la metaficción y que, sin duda espero ver repetidos o reelaborados en otros textos teóricos y en mi propia investigación están:

A)    “El lector como colaborador”(XV) en tanto es posible extrapolarla a fenómenos actuales de cultura participatoria

B)    La producción y la recepción de textos son ya productos culturales, el significado de los textos se produce en estos procesos (xvi). El proceso de producción y recepción es, por un lado, ya un objeto de estudio y, por otro, en este tipo de textos especialmente significativo – sino incluso el lugar en el que reside el meollo de los textos. y

C)    Mímesis del proceso – “Reading and writing belong to the process of ‘life’ as much as they do to those of ‘art’” (5). Opuesto a los textos realistas, en los textos metaficcionales será imposible separar el arte de la vida. y en este sentido, al exponer los procesos creativos (ya sea en su producción, su recepción o ambas), los textos metaficcionales se convierten en objetos propios de la realidad del lector, no constituyen una realidad aparte “igual a” la que se narra en sus páginas. La metaficción es proceso hecho visible.

Citas tomadas de: Hutcheon, Linda. Narcissistic Narrative. The Metaficcional Paradox. New York: Methuen, 1980.

Aprender (meta)ficción

Resulta un tanto sorprendente (al menos eso me pareció a mi) la gran cantidad de libros para niños con contenido metaficcional. Como lo presenta Philip Nel en el video de abajo, los aspectos metaficcionales en los libros infantiles vienen en presentaciones muy distintas – temáticas, materiales, visuales, etc.

Metafiction for Children: A User\’s Guide

La recurrencia de contenidos metaficcionales en los libros infantiles, en mi opinión, se debe a que éstos constituyen una especie de manual de lectura, a través de la cual los niños aprenden las convenciones de leer ficción, de qué es la literatura y qué es y cómo se lee un libro. En primera instancia, yo creo, se encuentra la diferencia entre realidad y ficción. El poder distinguir entre realidad y ficción facilitará la aproximación de los niños a un texto (en cualquier medio que se les presente). Diana Sorensen Goodrich plantea el contrato de la ficción, una serie de convenciones que median entre el mundo ficcional y nuestra realidad, como el acuerdo tácito de que nada de lo que suceda en el mundo representado podrá afectar al lector o público. El contrato sencillamente termina cuando cierra el libro, se apaga el televisor, se cierra la cortina del teatro, etc.

Debería parecer curioso que la forma de enseñar esta convención básica para la comprensión de toda historia ficcional se enseñe tan comúnmente a través de textos que desdibujan la diferencia. La metaficción en muchos casos ficcionaliza no sólo a su autor real, sino también a sus lectores de carne y hueso y, al mismo tiempo, desficcionaliza a sus personajes y los hace parecer personas que caminan por el mundo. En este proceso que en primera instancia desdibuja las fronteras entre realidad y ficción, se evidencia la artificialidad, “los trucos” de la ficción. Algunos elementos metaficcionales funcionan a manera de radiografía del texto y ofrecen a los lectores aprendices un guión con el cual naveguen no sólo en el mundo del texto, sino también con el que asuman su papel de lectores. Algunos de estos “papeles” planteados para los lectores de textos metaficcionales pueden ser el de personaje, el de co-autor, el de jugador, el de repositorio del texto, etc.

Ahora bien, convencionalmente, la metaficción en literatura se considera un género, sobre todo posmoderno. Si bien es cierto que recientemente hemos visto muchas obras de metaficción, no sólo en la literatura sino también en el cine (esto es ya casi un cliché) el asunto va mucho muy atrás. Pero ese no es el punto ahora, ya en otro lado he hecho un brevísimo recuento de ejemplos de metaficción en literatura desde el siglo XVI. Lo que me interesa comenzar a explorar a partir de esta entrada es la importancia de la metaficción en nuestros días. Independientemente de sus enraízamiento en el posmodernismo o no, en la actualidad es posible toparse con fenómenos metaficcionales en varios textos y en distintos medios. A partir de áreas de estudio como convergence media, fan communities, remediation, entre otras, yo arguyo que cada vez con mayor frecuencia nos encontramos atraídos a mundos ficcionales, pensamos en ellos, los transformamos, e incluso los habitamos. Textos, algunos de ellos franquicias multimillonarias, han sido convertidos en mundos ficcionales paralelos que, sin embargo, se filtran de muchísimas formas a la vida real y establecen con sus públicos relaciones metaficcionales. El componente afectivo de la relación público-texto determina en buena medida, no sólo el éxito comercial de la franquicia, sino que también asegura su existencia extendida más allá de las páginas, las pantallas, la red. En este nuevo tipo de fenómenos, cualquiera es un aprendiz, cualquiera se encuentra desenmarañando la forma de relacionarse y de experimentar un texto, incluso buscando su lugar en él. No es raro entonces que muchos textos establezcan su mundo y sus términos e inviten a sus públicos a ser parte de ellos.

Orsai y la metaficción

Muchas cosas en la vida se dan por coincidencia. Eso que ni qué. Y ya que aquí se trata de escribir blogs sobre lectura habrá que escribir sobre leer blogs también.

Hará poco menos de un año que por iniciativa de un profesor un montón de personas en el departamento donde estudio volteamos la mirada a Orsai. La propuesta de formar un grupo de diez para pedir un paquete de revistas venía acompañada del vínculo al blog de Hernán Casciari, frontman del proyecto. La respuesta local a la invitación fue tan sorpresiva como la global. No nos agrupamos diez, ni veinte, sino treinta – en un departamento de más o menos cincuenta. Juan Luis, el profesor que lanzó la invitación, comentaba a través de un póster afuera de su oficina y de un blog “algo raro está ocurriendo”, haciendo eco al propio Casciari. Un par de meses después, cuando ya había toneladas de nieve en el piso, llegó Orsai 1 a las puertas de la universidad. Seguimos el ritual de los lectores alrededor del mundo, nos hicimos fotos con la revista, la olimos, la leímos, organizamos una reunión para hablar de los textos, hicimos más fotos. Y lo mismo para el número dos y, espero, también para el número tres que recibimos hace unas semanas.

Suficiente digresión. Al tiempo de preordenar el número 1 me uní a los miles de lectores del blog de Casciari. Al mismo tiempo mi proyecto de investigación sobre lectores de ficción/metaficción y experiencia de lectura comenzó a cocinarse en este blog y fuera de él. Pero hasta hace muy poco comencé a ver que hay mucho que decir sobre la comunidad internacional de lectores de Orsai en cuanto a su experiencia de lectura y a lo que yo quiero llamar la metaficcionalidad del proyecto. Ahí la coincidencia con la que he comenzado esta entrada.

El punto al que quiero llegar es a que el gran éxito de Orsai, creo yo, se debe a la construcción de un mundo rico de metaficcionalidad – es decir, de formas en las que los lectores pueden ser parte del proyecto. Cualquier persona involucrada de alguna forma con Orsai (a travéz del blog, con la revista, en las redes sociales, en la pizzería y ahora en el bar) está implicada realmente – “vive y experimenta” de primera mano alguno o muchos aspectos de Orsai. Incluso, algunos lectores se han vuelto parte material de la revista por medio de tener su nombre y su fotografía impresos en las contraportadas de los números 1 y 2 respectivamente, o bien en entradas y videos del blog.

La intermedialidad de Orsai – digital e impresa – proporciona una experiencia alargada, una forma de inmersión en el proceso de producción y recepción, que comienza cuando uno considera reunir un grupo de 10, hacer el pedido – y el pago – y luego, esperar algunas semanas, recibir, leer, comentar. No obstante, el aspecto físico del proceso se ve salpimentado, más o menos semana a semana, con las actualizaciones, las noticias, los goteos, las reflexiones, etc. que Casciari publica en el blog. La producción de cada número de la revista se lee como una trama a la que constantemente se introducen nuevos personajes (los autores, por ejemplo) y en la que se exploran nuevos territorios. Hay una expectativa extraña también, una especie de “crónica de una publicación anunciada”, en la que con bastante anticipación los lectores sabemos qué vamos a leer e incluso, a veces, ya lo hemos leído online, pero lo hacemos una segunda vez cuando la copia dura (uso el anglicismo deliberadamente) llega en el correo. O visceversa, después de leer la versión impresa husmeamos los pdf’s para ver cómo se ven. Los lugares físicos, la pizzería y, ahora, el bar, bien se podrán volver mecas (toda proporción guardada) del proyecto, rutas obligadas para los lectores haciendo el tour literario. Aún más, Orsai, sus textos y el proyecto, en general, han sido fuente de escritura – desde los varios autores que han accedido a publicar en la revista una vez que la han leído hasta el gran número de entradas de blog que se encuentran por doquier.

Yo no sé, todavía, si la lectura digital o impresa sean experiencias muy distintas entre sí. Pero si me queda claro que, en el caso de Orsai, la experiencia producida por la combinación de ambas construye un universo extendido – en tanto no depende de una geografía particular y en muchas instancias tampoco temporal – pero que sí ofrece el sentido de inmersión y palpabilidad de la que carece, según muchos críticos de la literatura electrónica, la lectura en medios digitales.

Lectura interactiva

Es demasiado común (demasiado para mi gusto), sobre todo en los estudios de los medios digitales, encontrar opiniones que siguen considerando que la lectura es un acto solamente intelectual, no interactiva y que solamente nuestra mente (y, algunos conceden, nuestros ojos) participa en ella. En esta “transacción literaria” parece importar más el autor y su escritura que el lector y su, valga la redundancia, lectura. Hay que conceder, no digo que no, que estudiar lectores es un poco más complejo que estudiar autores si consideramos solamente que cada autor tendrá cientos, si no miles, si no millones de lectores en distintos lugares y tiempos. Pero mucho sucede en una lectura y en la multiplicidad de ellas y ya estuvo bien de hacer como que no. La fenomenología y la teoría de la recepción es una forma de hacerlo, lo mismo las ciencias cognitivas. En estas disciplinas y su aplicación literaria residen algunas de las claves necesarias, según yo, para demostrar la interactividad de la lectura, al menos instancias de ello y, así, su cercanía con otras formas de procesamiento de información.

La publicaciones en línea se han vuelto el yacimiento más fértil para estudiar la interactividad de la lectura. No obstante, en estos estudios la interactividad se enfatiza como una consecuencia del medio en el que se presenta – y que dintingue muchas características de – el texto  y no necesariamente de su lectura. R. Lyle Skains en su artículo “The Shifting Author–Reader Dynamic Online Novel Communities as a Bridge from Print to Digital Literature” hace un recuento muy interesante de las comunidades en línea que han formado los escritores Neil Gaiman y Jasper Fforde y la forma en la que la relación con sus lectores ha tenido influencia en su producción literaria. En el mundo hispano un par de ejemplos muy vigente son los proyectos de Hernán Casciari, la blogonovela Más respeto que soy tu madre que se publicó por entregas digitales al tiempo que iba recibiendo comentarios de lectores y, de otra forma, la comunidad lectora internacional de la revista Orsai, los cuales aún están por estudiarse más a fondo. No obstante, aunque sin duda el medio propicia una forma de interactividad con estos textos, la propención de interactuar con un relato ficcional es de por sí parte del acto de la lectura.

Otro aspecto de la interactividad en línea que rescata Skains son los sitios de fanfiction (fanfiction.net) – es decir los escritos ficcionales creados a partir de una historia que ha inspirado creativamente a sus seguidores a continuarla/complementarla/terminarla etc. No obstante, hay que aclarar que muchos de los escritos de fanfiction están basados en textos impresos. Esto, aunque sea de manera casual, insinúa que la lectura ya sea impresa o digital, en general, tiene este potencial interactivo y creativo.

Finalmente, y aquí lo que más me ha llamado la atención del articulo de Skains es que para ella este tipo de interacción con los textos y los autores constituyen una experiencia metaficcional – en el sentido de comentar y glosar las ficciones leídas. Sin embargo, esto sumado a mi hipótesis de que la metaficción constituye una experiencia de lectura especial, me hace pensar que la lectura debe experimentarse metaficcionalmente para poder explotar su interactividad. Asumo, esto debería abarcar muchos niveles de metaficcionalidad: clubes de lectura, interacción con los autores, escritura y, desde luego la lectura. Los textos metaficcionales, entonces, tematizan la interactividad de los textos tanto en la escritura como en la lectura, incluso bien podrían casi obligar esa interactividad y es por ello que, al leerlos, ofrecen una experiencia más vívida.

Leer para aprender

En mi reciente y fugaz visita a la Ciudad México, aunque mucho menos de lo que me hubiera imaginado, pasé varias horas atorada en el tráfico. En uno de esos momentos de blanquitud cerebral cuando en el radio no hay nada y los otros conductores no hacen nada que llame mi atención voltee la mirada y me encontré con un póster en una parada de transporte público que decía “leer es mi actividad favorita” – leer con la primera e volteada al revés – y mostraba la cara sonriente de alguna celebridad desconocida para mi. No puedo mentir, me alegró ver la publicidad de Leer para aprender, ver que alguien además de mi (que presumo estuvo trabajando en dicha campaña) desayuna, come y cena la palabra lectura y que además está “corriendo la voz”. Al menos desde que yo tengo uso de memoria una campaña como esta nunca se había visto en México – campañas de salud, caridad y promoción política siempre han sobrado. Había algo de frescura en esta. Además me recordó el libro de Dehaene, mi casi biblia actualmente, cuando explica la percepción de espejo, es decir, la vulnerabilidad (o será una habilidad, no lo sé exactamente) de los humanos para asumir y reconocer una simetría en todo lo que vemos y que explica las confusiones en lectores tempranos entre “b” y “d” o “p” y “q”. También explica que podamos leer textos al revés. Brevemente me pregunté si quien hizo el diseño estaría enterado de la percepción espejo, supuse que no, que simplemente busca dar una aire informal y juguetón al asunto. Se puso el siga y avancé sobre Insurgentes.

No lo pensé más.

Pocos días después mi querido colega de la UNAM, Argel Corpus, publicó en su perfil de Facebook el enlace a la campaña con este comentario:

No me gusta esta campaña, y no me gusta porque no es creíble: su “E” al revés, sus libros que parecen libretas, las mismas sonrisas con las que anuncian colgate o agua embotellada o desodorante o shampoo, y lo que representan quienes participan en ella (tal vez hay que excluir de mis comentarios a Fernando de la Mora y Hector Bonilla).

De acuerdo. Visité el sitio web de la campaña lanzada por el Consejo de la comunicación. Voz de la empresas, y con un vistazo mi respuesta fue “peor es nada”. El sitio de por sí tiene sus problemas, está inacabado. Hay buenos enlaces a, por ejemplo Cervantes Virtual y Material de Lectura UNAM y otros vínculos directos a libros en blanco… Mala primera impresión y eso que todavía no empezaba a leer los propósitos y justificación de la campaña. La forma de caracterizar la lectura es tendenciosa y raya en demasiadas generalidades desarrollistas y demagógicas. Por ejemplo, en el sitio se dice que la lectura “Abre posibilidades y oportunidades en cuanto a ingreso, desarrollo humano y competencias ciudadanas” Además entre los objetivos, que curiosamente etiquetan como “fines” establecen la generación de oportunidades para mejorar el rendimiento escolar de los niños, y la calidad de vida y la productividad de los ciudadanos que contribuyan al desarrollo y crecimiento de México. Por otra parte, la campaña alude al liderazgo mediático, disfrazado de éxito profesional, personal o no sé de qué tipo, de celebridades para, ahora sí, vender las bondades de la lectura, como señala Argel, como si fueran productos de uso personal – un claro síntoma de que los intelectuales en mi país no significan ni venden nada al publico en general. Para las fotos de la campaña den clic aquí. Encima, Pablo González Guajardo, asumo el director de la campaña o del Consejo de comunicación – no está especificado, habla de obtener resultados escolares (mejores calificaciones), personales (mejores ingresos y salud) y empresariales.

Hasta ahí, bueno, el discurso típico a medio cocer de las campañas no respaldadas por instituciones y proyectos realmente serios. Me imaginaba la mina de datos que una campaña como esta podría ser: observarán fluctuaciones en el número de libros vendidos en x librerías, de usuarios del metro o metrobús que leen en x recorrido, las suscripciones a bibliotecas o revistas, etc. Sin estos datos, la campaña es una invitación vacía, cuyo impacto, o falta de él, será invisible y apenas un precedente para futuros proyectos. La sorpresa vino cuando de hecho pude ver que la Secretaria de Educación Pública avaló la campaña en su presentación durante el mes de enero. Y más allá de los elogios políticos expresados por el propio secretario Alonso Lujambio, me sorprendió que los datos que están buscando medir son de “fluidez lectora que está fuertemente asociada con la comprensión lectora”. Y elabora,

Vamos a promover entre los padres de familia el uso de los Estándares Nacionales de Habilidad Lectora; que midan cada 15 días la velocidad lectora, la fluidez lectora de sus hijos e hijas, con un minuto de medición, a partir de 20 minutos cotidianos de lectura.

Un momento. ¿Que no ya desde Woody Allen hasta Dehaene nos advirtieron que la velocidad de la lectura no es ni directa ni indirectamente proporcional a la comprensión y, de hecho, puede, más bien, ser perjudicial? ¿Cuáles son las fuentes de la campaña y de los que toman las decisiones sobre la educación pública en México? No es una pregunta retórica, ni un reproche a las instituciones o la sociedad mexicana.

Pero no todo es malo. De verdad. Leer para aprender es un buen pretexto para que los que ya somos lectores examinemos los síntomas que deja ver en vez de jactarnos de estar por encima de los alcances de la campaña. Para mi, la elección de las personalidad obedece a que los intelectuales tienen un dejo de verdadera celebridad inalcanzable, venerable, pero con carencia de un significado familiar. Ejemplo, hace unos años cuando un amigo trabajaba para Carlos Monsiváis, éste le regaló una invitación para ir a la inauguración de x exposición. Mi amigo, complacido, fue al lugar y la hora indicados, con la invitación rotulada “Carlos Monsiváis” en la mano. A la entrada, el guardia de seguridad le pidió la invitación y al ver el nombre le dijo a mi amigo, treinta o cuarenta años más joven que Monsiváis, en un tono reverencial, “Bienvenido Don Carlos”. La intelectualidad pesa, en el buen y en el mal sentido, y además no tiene una cara reconocible. En ese sentido la campaña acierta en no presentar la cara adusta de la lectura. Una cara que a muchos nos gusta, pero no a la mayoría. Yo por mi parte, ya convencida de que mi lectura (informada, crítica, como sea que la queramos calificar) es sólo una entre muchas y habiendo dirigido mis esfuerzos académicos a entender cómo lee la gente, me da gusto ver que se invite a las personas que les gustan las luchas, a las que les gustan las telenovelas y a las que les gusta la música pop adolescente a leer. Por débiles que son los planteamientos y objetivos de la campaña, la lectura y la experiencia que saquen los lectores de lo que sea que lean nadie se las quitará.

Y de postre les dejo el trailer de la campaña. Pero ese es tema para otra entrada entera.

La experiencia de la lectura y el kinect

Bueno y se preguntarán de dónde estoy tan metida con el acto de la lectura cognitiva, fenomenológica y todo-lo-otramente. Todo comenzó en mayo pasado cuando comencé a diseñar un curso universitario de segundo año sobre la lectura y teoría de la recepción. Uno de los objetivos del curso es hacer de la lectura una experiencia reflexiva y consciente. Con esto no me refiero únicamente a “adentrarse” o a “ser parte” del mundo narrativo al que nos “prestamos” cuando leemos, sino sobre todo al acto físico de leer: en dónde estamos (sentados, parados, acostados), la forma en la que nos relacionamos con el objeto que leemos físicamente (si es pesado o ligero, si es un libro, hojas impresas o una pantalla), el tiempo que pasamos con él en las manos y, finalmente, nuestra respuesta, intelectual y afectiva, de todos los elementos de esa experiencia. ¿Es la lectura una experiencia distinta de otras? me preguntaron el otro día. Mi respuesta fue que no lo era, que la lectura constituía una experiencia en la misma forma en la que un viaje o una comida memorable lo hace y que, de hecho, no es una experiencia de segundo orden porque, contrario a lo que podemos concebir como una experiencia intelectual (receptiva, pasiva), la lectura sí se experimenta “en carne propia”. ¿A quien no le han sudado las manos leyendo Otra vuelta de tuerca? ¿Quien no siente comezón después al leer El almohadón de plumas? ¿E incluso, de adolescente, lloró leyendo María, o el texto que haya sido? Y sí, todavía creo que así es, pero me quedé pensando. Además, estoy más convencida ahora y regreso al punto inicial, la lectura es una experiencia que vivimos en un tiempo y un espacio – en cama cómodamente cuando hace frío, en la oficina cuando el trabajo tiene que salir al final del día, en la playa de vacaciones, etc. – y que independientemente de lo que suceda en el mundo narrativo, puede tener sus aspectos particulares. Y eso la hace un tanto diferente de otras experiencias, porque sucede, me parece, en dos niveles simultáneos. Continué preguntándome, ¿cómo hacer que mis alumnos vean la lectura también como experiencia? En primera instancia, para el programa del curso, elegí textos que “se meten” con los lectores – Niebla, Continuidad de los parques, etc. En segunda, pido que reporten las impresiones que tuvieron durante la lectura y, en tercera, que todos hablemos sobre el hecho de leer, desde tantas perspectivas como podamos. ¿Pero es suficiente? Ya se verá cuando, y sí, puedo poner todo esto en práctica.

Con todo esto en la cabeza el otro día que Juan Luis preguntó al grupo de El humanista digital, ¿cómo podemos incorporar el kinect al proyecto Rayuela155 ?

Contextualizo para los que haga falta. De la misma clase hace unas semanas surgió el Rayuela155 que en un inicio se planteó como realizar una lectura en grupo de diferentes combinaciones de los 155 capítulos de la novela de Cortázar, incluso tantas como fueran posibles, que resultó en un número verdaderamente incontrolable. Desde entonces todos (se supone) hemos estado pensando cómo plantear esta lectura comunitaria y “desordenada”. Todo esto con la ayuda y habilidades mágicas de Javi y Diego los programadores del grupo. Yo había masticado brevemente la idea de seleccionar episodios con motivos o personajes recurrentes independientemente de la cronología y estructura de la trama y hacer así pequeñas Rayuelitas, pero hasta ahí, sin un cómo hacerlo y sin pensarlo más.

Con el kinect, sin embargo, estas dos ideas me hicieron clic. En primer lugar, si kinecteamos una lectura, ésta se vuelve automáticamente una experiencia más evidentemente encarnada. No sólo eso, incorporar la vieja experiencia de la lectura a la novedad y sensación del kinect puede ser una de las reinvenciones que necesitamos para hacer la literatura más atractiva, más mainstream. Entonces, ¿cómo hacerlo? Se me ocurrieron unos cuantos escenarios:

  1. Retomando mi idea inicial de seguir motivos o personajes que constituyan historias más breves, presentar a los lectores un camino por el cual transiten, en el caso de Rayuela, tal vez las calles de París o Buenos Aires. En el camino encontrarían piedras o pedazos de papel que pueden recoger con frases que pueden conservar o tirar. Dependiendo de qué conserven se presentarán otros más adelante hasta que se acabe el camino.
  2. Una pequeña variación del número 1, un día otoñal en el que caen frases en hojas secas de colores, se eligen o descartan y se hace una dinámica parecida a la del camino hasta que el árbol quede pelón.
  3. Una lluvia de palabras, en las que el lector en lugar de refugiarse del agua, busque empaparse del texto, o corra a su casa a refugiarse y en el camino igual se empape.
  4. La lectura en la playa, en la que las palabras vienen arrastradas por las olas del mar, escritas en ellas. El lector puede dejar que la ola le toque los pies, puede bucear, saltársela, dejarse revolcar, surfearla (?). Todo lo que hacemos con una ola.

En los escenarios 1, 2 y 4 el lector tendría la posibilidad de tirar las frases ya elegidas y que todo se vuelva a reconfigurar. Al final se podría imprimir el texto que resulte (en pantalla o papel) y ver qué salió. Volverlo a leer/armar y ver cuántas cosas pueden variar de acuerdo a nuestras elecciones, creando una nueva Rayuela cada vez. En el escenario 3 la lectura resultante sería mucho más aleatoria y, muy probablemente, sin sentido, al menos que logremos hacer que palabras sueltas se casen entre ellas de alguna forma que se asemeje a frases del texto. De cualquier forma será interesante, al menos curioso, ver que tipo de texto sale – el dadaísmo kinectiano.

Otra variante que se me ocurre sería jugar con el principio de retención y protención de Wolfgang Iser, es decir, lo que recordamos de un texto conforme lo vamos leyendo y lo que proyectamos a partir de eso. Pero creo que con esto queda más experimental (en términos de investigación). Conforme el lector haga unas cuantas elecciones que comiencen a componer un textito, se podría hacer preguntas sobre qué cree que pasará y con esa base presentar nuevas posibilidades.

La lectura kinecteada sería un ejercicio de los Derechos del lector de Daniel Pennac, bastante lúdicos ya de por sí.

Una de las cosas que más me atrae de un ejercicio de este tipo es que pone de manifiesto (ahí voy otra vez) la creatividad de lectura a partir de nuestras inferencias y elecciones inconscientes. Asumimos que leemos todo un texto, pero tal vez con lo único que nos quedamos son unas cuantas hojas, piedras, olas o gotas de lluvia que resuenan en nuestra cabeza, es decir, la historia que nos queda y que luego, como platicaba con el mismo Javi en un post pasado, transmitimos nosotros. ¿Qué pasará al hacer que el lector haga esas elecciones conciente y físicamente y que al final vea el resultado de ello?

Obviamente suena a un trabajal, pero ¿es viable? ¿les gusta?

La lectura universal

La última vez me quedé en la pregunta cómo incorporar metodologías provenientes de la psicología experimental al estudio de la literatura. Desde luego, no es inusual encontrar, de hecho, muchas aproximaciones a textos literarios desde perspectivas psicológicas y más en particular psicoanalíticas. Tampoco es difícil, aunque sí más o menos reciente, toparse con estudios psicológicos enfocados en algún aspecto de la literatura. Pero esto no es a lo que yo me refiero. Mi objetivo es buscar la forma de, primero, incorporar el conocimiento empírico sobre la lectura a mi entendimiento de la lectura literaria y a alguna forma de hacer crítica, probablemente vía teoría de la recepción; y segundo, tal vez como un primer paso, pensar en formas “experimentales” de ver los efectos de un texto en sus lectores. No se trata de generalizar una función de la literatura, sino las experiencias particulares que potencialmente causa un texto dado o un tipo de textos dados, por ejemplo, los textos metaficcionales.

Pero antes de siquiera imaginar llegar ahí, primero he tenido que comenzar a familiarizarme con una montaña de conocimiento científico sobre la lectura. Para eso que mejor que leer el Reading in the Brain del genio cognitivo francés Stanislas Dehaene. Hasta el momento este es el texto que más globalmente se acerca a la lectura que he leído y realmente proporciona una idea muy clara, con ejemplos muy familiares de la literatura que se ha producido en esta área. De las que más me han interesado ya he mencionado antes la teoría del reciclaje neuronal, es decir el hecho de que genéticamente los humanos no tenemos un área predeterminada para la lectura, sino que las áreas actualmente dedicadas a la lectura tenían originalmente otras funciones cognitivas y se adaptan y especializan a la lectura cada vez que alguien aprende a leer en cualquier idioma y con cualquier sistema de escritura. Lo más interesante de esto es que, cuenta Dehaene, las variables culturales de lado, las áreas dedicadas a la lectura son siempre las mismas, si acaso con una variabilidad de milímetros.

Otro aspecto muy interesante que aborda Dehaene son los caminos que sigue una palabra cuando leemos. Grosso modo, cuando leemos una palabra, nuestro letterbox como el autor bautiza al área responsable, la reconoce y de ahí viaja a otras áreas especializadas en procesamiento de sonidos, donde ya sabemos cómo suena esa palabra y al mismo tiempo a otra área de procesamiento semántico donde entendemos su significado. Todo esto sucede impresionantemente en menos de medio segundo. Por supuesto no todas las palabras se procesan de la misma forma, algunas que no conocemos pasan más tiempo en el área de procesamiento fónico siendo “decodificadas” y palabras muy familiares pueden pasar directo al área de procesamiento semántico. Más interesante todavía es el hecho de que en el caso de homófonos o de palabras polisémicas se da literalmente una competencia entre los distintos significados que buscan imponerse de acuerdo al contexto. En esta misma línea Dehaene asegura que en una lectura promedio no ponemos atención a, y de hecho nos saltamos, palabras tan comunes como, en inglés, “the”, “it” o “is”. Un hecho muy revelador sobre todo considerando que en los conteos de las palabras. más comunes que nuestro maestro de Python ha hecho de textos clásicos, éstas son las palabras que encabezan la lista. ¿Qué tanto estamos leyendo de un texto? o bien ¿de qué forma lo armamos nuestra lectura y la comprensión de ella si dejamos un número bastante grande palabras de lado?

Dehaene insiste en que la universalidad de la lectura se debe en principio a que los sistemas de escritura se desarrollaron dentro de los límites del cerebro humano. Poco a poco, explica el autor, los sistemas de escritura se fueron modificando de forma que fuera más sencillo aprenderlos a la vez que tuvieran una capacidad expresiva más amplia. Lo que aún no tiene explicación, sin embargo, es el paso anterior, el cómo se inventó el lenguaje escrito junto con otros artefactos de invención humana como el arte y las matemáticas.

Con mi formación humanista me cuesta trabajo digerir universales humanos, pero entro en discusión con mi años de entrenamiento y pregunto si en el hecho de aceptarlos resida un posible replanteamiento de las diferentes disciplinas de especialización y no solamente en términos teóricos, sino en el mismo quehacer de las disciplinas, lo cual como ya dejé en claro arriba sí me interesa. Un primer ejemplo de esto es el tratado evolutivo sobre la literatura de Brian Boyd, profesor de literatura inglesa, adecuada y arriesgadamente llamado On The Origin of Stories del que escribiré en unos días.

Una simulación de la experiencia social

Hoy es tiempo de hablar un poco sobre una serie de estudios de psicología muy emocionantes que abordan la lectura de ficción. Los autores son investigadores de la Universidad de York, Raymond Mar y, de la Universidad de Toronto, Keith Oatley y sentaron las bases de lo que desde el 2008 ha sido su línea de investigación en un artículo titulado “The Function of Fiction is the Abstraction and Simulation of Social Experience”.  En su texto, los autores insisten en la necesidad de dejar de considerar la ficción como mera fuente de entretenimiento sin ninguna otra función. Además, los autores buscan proponer que la ficción no solamente tiene elementos empíricos sino que, además, puede ser tierra fértil de datos.

A grandes rasgos, la intención de los autores ha sido demostrar que la ficción, al ser una simulación de las experiencias sociales, tiene la capacidad de aumentar sentimientos de empatía e inferencia social. Para esto han desarrollado y reutilizado una serie de experimentos (tasks) y recurrido a más de cien voluntarios para realizar cada uno de ellos. Lo más interesante de su planteamiento, al menos lo que más me ha interesado a mi, es la idea de que a través de la lectura se adquiere un aprendizaje experiencial. Dicho vulgarmente, si leemos literatura sí escarmentamos en cabeza ajena.

Maravillada pensé en las bondades de que otras disciplinas reconozcan (¿?) promuevan (¿?) defiendan (¿?) el hecho de que la literatura es útil, sobre todo si son disciplinas mejor paradas en el sistema universitario norteamericano que los mismos estudios literarios. Pero después de unos días comencé a preguntarme si, de hecho, cuando los autores hablan de ficción o de literatura narrativa, yo entiendo lo mismo que ellos. Jerome Kagan estaría de acuerdo conmigo en que no. Incluso dudé que ofrecieran una definición, entonces regresé al artículo y sí, ahí estaba.

Antes de explicar sus experimentos y sus resultados, Mar y Oatley primero consideran necesario ofrecer una definición de ficción. Una que toman prestada de otros investigadores es, “narratives include a series of causally linked events that unfold over time”, que los mismos Mar y Oatley reconocen, no logra transmitir cómo se experimenta una historia, incluso si, como lo hacen, se combina con la idea de principio, mitad y final proveniente de la Poética de Aristóteles. Otra más que plantean y que parecen adoptar es:

Perhaps it is not how a text is structured that really defines narrative, but its content and our responses to this content. A prototypical- content approach, rather than a categorical-structure approach, could thus provide greater utility. From this perspective, consistency can be found in what narrative fiction is about: autonomous intentional agents and their interactions

Y sí, aquí se pusieron difíciles las cosas, pues dejar de lado cuestiones textuales es algo que a muchos estudiosos de literatura puede parecernos una omisión importante ya que estoy segura a muchos como a mi nos enseñaron que forma es contenido y contenido es forma. Hasta cierto punto podemos (yo puedo) estar de acuerdo en que toda ficción trata de agentes autónomos intencionales y sus interacciones y que, como dicen al principio, la ficción es una simulación del mundo social. Pero no podemos (yo no puedo) pasar por alto que hacen falta calificar ampliamente esa definición e incluir aspectos como intención del autor, tono de la narrativa, perspectivas del narrador, de los personajes, de los lectores, género, etc. Todo lo cual determina, precisamente, nuestra experiencia con una historia ficcional y, por lo tanto, la forma en la que aprendemos algo de ella o no. Es decir, una narrativa ficcional no es una abstracción aleatoria del mundo social, sino que es creada y esta aritificiocidad debe ser tomada en cuenta en nuestra experiencia de una lectura. Y no voy a meterme ahora con qué están considerando narrativa literaria o ficción.

Si como los mismos autores declaran, su intención es postular “what readers acquire from reading literary fiction and the nature of their experience while reading”, ¿no sería necesario, en especial para el último punto considerar elementos del texto e, incluso, características del libro físico? Yo tengo que decir que sí, pero en ánimo multidisciplinario puedo reconocer que mantener bajo control una serie tan larga de variantes en un solo setting experimental tal vez haría imposible el trabajo, tal vez hagan falta tasks y experimentos que se enfoquen en cada una de esas variantes.

Lo que sí me queda muy claro, después de leer los artículos de este grupo de investigación es que ellos han adoptado y adaptado conceptos y nociones provenientes de los estudios literarios y han obtenido resultados muy iluminadores para ambos campos, como las implicaciones del hecho de leer ficción para la negociación de problemas actuales como la reducción de los prejuicios, la mejora de las aptitudes sociales, etc. El diálogo parece abierto y me pregunto, si ellos usan literatura para explicar sucesos psicológicos, por qué no podríamos hacer estudios psicológicos (ish) que expliquen aspectos literarios.

Historias de lectura

Me parece bastante lógico comenzar este blog hablando sobre dos libros que hasta el momento han sentado la base (la preliminar de preliminares) de cómo entiendo la lectura. A History of Reading de Alberto Manguel y Proust and the Squid de Maryanne Wolf. Para quienes no los conozcan, Manguel además de académico, fue de adolescente lector de Borges, después de un encuentro en la librería Pygmalion en Buenos Aires; Maryanne Wolf es investigadora de desarrollo infantil en la universidad de Tufts y se ha dedicado con especial interés al estudio de la dislexia. Ambos autores, esto ha sido lo que más me ha atraído de sus textos, abordan la lectura panorámicamente, si bien cada uno desde perspectivas únicas.

Temprano en su libro Manguel se maravilla con el proceso histórico mediante el cual la humanidad aprendió a leer. A partir los mismos códices y las tablillas de barro de Tell Brak y, más adelante, de pinturas y esculturas de personajes leyendo, el autor nos lleva de la mano (su prosa, de hecho, sí es muy cálida) por momentos paradigmáticos en la historia de la lectura, uno de mis favoritos, el primer registro escrito de un lector silencioso, San Ambrosio, quien produjo tanto asombro en su maestro, San Agustín, que lo llevó a escribir sobre él. La invención de la imprenta y la popularización de la lectura pasa desapercibida a Manguel, sobre todo en tanto dio lugar a una lectura privada, ya no sólo privada porque se realiza en silencio – en la propia cabeza – sino también en un espacio cerrado y privado. En oposición a esto, el autor argentino pasa páginas fascinándonos con sus experiencias con la lectura en voz alta: el que nos lean y leer para alguien más. Las tecnologías de lectura y edición están presentes en su historia de la lectura como un recordatorio de la incomodidad que pasé los cuatro años de licenciatura en los que leí casi exclusivamente fotocopias, de los placeres de hojear un libro nuevo, con olor a nuevo, de los años que he usado lentes y me ha inculcado la curiosidad de saber si algunas de las piezas de mobiliario diseñadas exclusivamente para leer tienen alguna ventaja de la misma forma en la que me pregunto si comprar un i-pad haría más sencillas mis lecturas en pantalla.

Curiosamente – o tal vez, obviamente – Maryanne Wolf también comienza su discusión de la lectura con las tablillas de barro de Tell Brak. Aunque para ella también es un hito histórico de la humanidad, su verdadero interés radica en la forma en la que el cerebro humano adquirió la lectura, o mejor dicho, el lenguaje escrito. Para Wolf la lectura no es una capacidad humana, es decir, no hay una parte del cerebro que sirva para leer, como sí las hay para ver y para hacer conceptualizaciones (neurocientíficos corríjanme si estoy diciendo algo mal). Para ella, detrás de cada nueva tecnología de lectura, de cada método de enseñanza, incluso cada alfabeto, hay un proceso mediante el cual áreas del cerebro dedicadas a distintas funciones (percepción visual, pensamiento conceptual, lenguaje simbólico) se vinculan para formar redes que hacen posible la lectura. A la humanidad, dice Wolf, le tomó unos dos mil años aprender a leer, a los niños actualmente unos dos mil días. El proceso al que Wolf se dedica en el Center for Reading and Language Research comprende el estudio de los pre-lectores (los niños a los que se lee), los lectores novicios (los niños que comienzan a adquirir lenguaje escrito), los lectores fluidos, los lectores expertos. A lo largo del proceso, los investigadores han podido ver cambios significativos en las conexiones cerebrales de los niños, pero la mayor fuente de datos para Wolf y sus colegas ha sido el estudio de la dislexia – la incapacidad o dificultad de adquirir la lectura.

Hay tres, creo que son tres, aspectos que quiero resaltar de estas lecturas. En primer lugar las dos formas de aproximarse al hecho de leer: Manguel como historia personal e historia de la humanidad, Wolf como desarrollo personal y desarrollo de la humanidad. Sin duda ambos proponen un proceso que nos define como especie, pero también con individuos. En segundo lugar, la historia de la lectura es tanto cultural como biológica. La afortunada coincidencia de haber leído a ambos autores casi simultáneamente me deja muy en claro que Manguel y Wolf se basan, desde distintas perspectivas, en los mismos datos, las misma evidencias, los mismos registros de lectura y, a partir de ellos, nos ofrecen tanto imágenes cerebrales como representaciones de personajes inmersos en una lectura, tanto procesos neuronales complejísimos que suceden en milésimas de segundos como apasionantes anécdotas personales (de las que seguramente todos tenemos alguna) sobre lecturas embriagantes. Finalmente, que la lectura como hecho o desarrollo prácticamente fundacional de la humanidad como la entendemos actualmente es un área que no distingue disciplinas.

Un cuarto punto, a manera de post data, es sólo la mención de lo vertiginoso que es leer sobre leer. Inténtenlo.