La experiencia de la lectura y el kinect

Bueno y se preguntarán de dónde estoy tan metida con el acto de la lectura cognitiva, fenomenológica y todo-lo-otramente. Todo comenzó en mayo pasado cuando comencé a diseñar un curso universitario de segundo año sobre la lectura y teoría de la recepción. Uno de los objetivos del curso es hacer de la lectura una experiencia reflexiva y consciente. Con esto no me refiero únicamente a “adentrarse” o a “ser parte” del mundo narrativo al que nos “prestamos” cuando leemos, sino sobre todo al acto físico de leer: en dónde estamos (sentados, parados, acostados), la forma en la que nos relacionamos con el objeto que leemos físicamente (si es pesado o ligero, si es un libro, hojas impresas o una pantalla), el tiempo que pasamos con él en las manos y, finalmente, nuestra respuesta, intelectual y afectiva, de todos los elementos de esa experiencia. ¿Es la lectura una experiencia distinta de otras? me preguntaron el otro día. Mi respuesta fue que no lo era, que la lectura constituía una experiencia en la misma forma en la que un viaje o una comida memorable lo hace y que, de hecho, no es una experiencia de segundo orden porque, contrario a lo que podemos concebir como una experiencia intelectual (receptiva, pasiva), la lectura sí se experimenta “en carne propia”. ¿A quien no le han sudado las manos leyendo Otra vuelta de tuerca? ¿Quien no siente comezón después al leer El almohadón de plumas? ¿E incluso, de adolescente, lloró leyendo María, o el texto que haya sido? Y sí, todavía creo que así es, pero me quedé pensando. Además, estoy más convencida ahora y regreso al punto inicial, la lectura es una experiencia que vivimos en un tiempo y un espacio – en cama cómodamente cuando hace frío, en la oficina cuando el trabajo tiene que salir al final del día, en la playa de vacaciones, etc. – y que independientemente de lo que suceda en el mundo narrativo, puede tener sus aspectos particulares. Y eso la hace un tanto diferente de otras experiencias, porque sucede, me parece, en dos niveles simultáneos. Continué preguntándome, ¿cómo hacer que mis alumnos vean la lectura también como experiencia? En primera instancia, para el programa del curso, elegí textos que “se meten” con los lectores – Niebla, Continuidad de los parques, etc. En segunda, pido que reporten las impresiones que tuvieron durante la lectura y, en tercera, que todos hablemos sobre el hecho de leer, desde tantas perspectivas como podamos. ¿Pero es suficiente? Ya se verá cuando, y sí, puedo poner todo esto en práctica.

Con todo esto en la cabeza el otro día que Juan Luis preguntó al grupo de El humanista digital, ¿cómo podemos incorporar el kinect al proyecto Rayuela155 ?

Contextualizo para los que haga falta. De la misma clase hace unas semanas surgió el Rayuela155 que en un inicio se planteó como realizar una lectura en grupo de diferentes combinaciones de los 155 capítulos de la novela de Cortázar, incluso tantas como fueran posibles, que resultó en un número verdaderamente incontrolable. Desde entonces todos (se supone) hemos estado pensando cómo plantear esta lectura comunitaria y “desordenada”. Todo esto con la ayuda y habilidades mágicas de Javi y Diego los programadores del grupo. Yo había masticado brevemente la idea de seleccionar episodios con motivos o personajes recurrentes independientemente de la cronología y estructura de la trama y hacer así pequeñas Rayuelitas, pero hasta ahí, sin un cómo hacerlo y sin pensarlo más.

Con el kinect, sin embargo, estas dos ideas me hicieron clic. En primer lugar, si kinecteamos una lectura, ésta se vuelve automáticamente una experiencia más evidentemente encarnada. No sólo eso, incorporar la vieja experiencia de la lectura a la novedad y sensación del kinect puede ser una de las reinvenciones que necesitamos para hacer la literatura más atractiva, más mainstream. Entonces, ¿cómo hacerlo? Se me ocurrieron unos cuantos escenarios:

  1. Retomando mi idea inicial de seguir motivos o personajes que constituyan historias más breves, presentar a los lectores un camino por el cual transiten, en el caso de Rayuela, tal vez las calles de París o Buenos Aires. En el camino encontrarían piedras o pedazos de papel que pueden recoger con frases que pueden conservar o tirar. Dependiendo de qué conserven se presentarán otros más adelante hasta que se acabe el camino.
  2. Una pequeña variación del número 1, un día otoñal en el que caen frases en hojas secas de colores, se eligen o descartan y se hace una dinámica parecida a la del camino hasta que el árbol quede pelón.
  3. Una lluvia de palabras, en las que el lector en lugar de refugiarse del agua, busque empaparse del texto, o corra a su casa a refugiarse y en el camino igual se empape.
  4. La lectura en la playa, en la que las palabras vienen arrastradas por las olas del mar, escritas en ellas. El lector puede dejar que la ola le toque los pies, puede bucear, saltársela, dejarse revolcar, surfearla (?). Todo lo que hacemos con una ola.

En los escenarios 1, 2 y 4 el lector tendría la posibilidad de tirar las frases ya elegidas y que todo se vuelva a reconfigurar. Al final se podría imprimir el texto que resulte (en pantalla o papel) y ver qué salió. Volverlo a leer/armar y ver cuántas cosas pueden variar de acuerdo a nuestras elecciones, creando una nueva Rayuela cada vez. En el escenario 3 la lectura resultante sería mucho más aleatoria y, muy probablemente, sin sentido, al menos que logremos hacer que palabras sueltas se casen entre ellas de alguna forma que se asemeje a frases del texto. De cualquier forma será interesante, al menos curioso, ver que tipo de texto sale – el dadaísmo kinectiano.

Otra variante que se me ocurre sería jugar con el principio de retención y protención de Wolfgang Iser, es decir, lo que recordamos de un texto conforme lo vamos leyendo y lo que proyectamos a partir de eso. Pero creo que con esto queda más experimental (en términos de investigación). Conforme el lector haga unas cuantas elecciones que comiencen a componer un textito, se podría hacer preguntas sobre qué cree que pasará y con esa base presentar nuevas posibilidades.

La lectura kinecteada sería un ejercicio de los Derechos del lector de Daniel Pennac, bastante lúdicos ya de por sí.

Una de las cosas que más me atrae de un ejercicio de este tipo es que pone de manifiesto (ahí voy otra vez) la creatividad de lectura a partir de nuestras inferencias y elecciones inconscientes. Asumimos que leemos todo un texto, pero tal vez con lo único que nos quedamos son unas cuantas hojas, piedras, olas o gotas de lluvia que resuenan en nuestra cabeza, es decir, la historia que nos queda y que luego, como platicaba con el mismo Javi en un post pasado, transmitimos nosotros. ¿Qué pasará al hacer que el lector haga esas elecciones conciente y físicamente y que al final vea el resultado de ello?

Obviamente suena a un trabajal, pero ¿es viable? ¿les gusta?