Los lectores se han hecho leer (también)

Ha llegado el momento de mi investigación en el que los cuestionamientos duros y las dificultades se apresuraron todas juntas. La base de datos inicial – la medusa – ha resultado un trabajo relativamente claro y simple de organizar. De hecho, es el esqueleto que va a sostener todo lo demás: los aparatos editorial y literario/periodístico de Orsai son en sí el lado autorial, pero ¿qué hay de los lectores?

¿Los lectores? Los lectores se han hecho escuchar leer (también).

Los nodos de las piezas que componen la base de datos se han multiplicado, al menos, por 100 en las respuestas de los lectores. En promedio cada una de las noventa y tantas entradas de blog en el periodo que cubro (septiembre de 2009 al presente) recibe 300 comentarios, las casi 200 piezas de la revista publicadas hasta ahora al rededor de 150 y los blogs “menores” entre 50 y 70. Sin hacer la matemática exacta estamos hablando de cualquier cosa entre 50 y 70 mil comentarios de los lectores. (Finalmente estoy viviendo en carne propia el término que se repite en todos los ensayos sobre Humanidades Digitales: large datasets). Es realmente impresionante que incluso en número de palabras cualquier texto de Orsai se multiplica exponencialmente en manos de los lectores. Alegremente esto confirma un punto clave de la parte teórica de la tesis: la cualidad orgánica de un texto en su contexto (en su comunidad para decirlo de forma menos cacofónica) es que un input mínimo produce un output mucho mayor. Para los que seguimos a Boyd, esto es, incluso, un aspecto que distingue el hecho de leer en sí.

Entonces el problema es cómo manejar todo esto para poder analizarlo. Tres opciones claras, aunque seguro se me están pasando otras. Si alguien tiene sugerencias son infinitamente bienvenidas.

1) Comentario por comentario a la base de datos tal y como está el esquema. Sus ventajas son claras, sería una especie de close reading que permitiría un nivel de detalle del análisis minucioso, como poder identificar, e incluso caracterizar, a algunos de los lectores casi como si se tratara de personajes; notar los matices de las intervenciones de los lectores, etc. Sus desventajas no hay ni que mencionarlas.

2) Hacer una clasificación breve de nodos tipo, no más de 20 tal vez, en las que acomode (si bien un poco arbitrariamente – ahí la prueba de que todo esto sigue siendo labor interpretativa) cada comentario. Por ejemplo: en una categoría todos los “pri”, “dos”, “tres” que siempre aparecen al principio, en otra los agradecimientos a los autores, en otra las correcciones de estilo, etc. Lo que se volvería visible aquí es la frecuencia con la que los lectores recurren al tipo de comentario en qué piezas. ¿Quién sabe? A lo mejor todos los tipos de comentarios están balanceados en cada pieza o, dependiendo del tema de la pieza, predomina alguno.

3) El distant reading – probablemente usando el NLTK de Python – para formar una base de datos paralela que pueda empalmarse a la medusa. Con esta metodología podría, por ejemplo, obtener buenas mediciones de la frecuencia con la que los comentarios “pri” aparecen y ver como se distribuyen a lo largo del corpus de Orsai, o qué tan común es que los lectores se dirijan a los autores a otros lectores, establecer palabras clave que denoten emociones despertadas en los lectores o formas en las que se relacionan con el proyecto en general, no sería tan complicado. Me atrae mucho probar esta metodología aunque el nivel de detalle puede no ser minucioso en el sentido en el que lo sería con la primera opción, el dataset es tan grande que la información que obtenga de este análisis dificilmente sería irrelevante. Desventajas: apenas estoy aprendiendo a usar Python.

Independientemente de con qué metodología termine hay dos cosas que me tienen fascinada – incluir el dataset enorme hace necesario poner el énfasis en las “manifestaciones” de los lectores, de ninguna forma aisladas de los textos primarios, sino al contrario casi como parte de ellos. Y dos, observar cómo se ha establecido la comunidad en términos textuales.

Intermedial narratives

For a very long period of time, certainly since before the development of the printing press, literary narrative has been closely associated with the world of the written word. Prejudices about memory, preservation, civilization and improvement, like those voiced by Walter Ong in Orality and Literacy, have led to an unnecessary antagonism between, for example, oral and written narratives. Furthermore, concerns about the end of the book, and the loss of deep reading and attention have also been part of the academic rejection that narratives in visual and digital narratives have suffered.

Increasingly, and thanks to the efforts of various scholars, it is becoming clear that narrative occupies a central place in people’s lives. Narrative broadly speaking, as Mark Turner points out, is a key mental process through which people makes sense of the world. Seen in this light narrative is not necessarily literary, “[a]lthough literary texts might be special, the instruments of thought used to invent and interpret them are basic to everyday thought” (Mind 7). For Brian Boyd, who takes narrative to the aesthetic and literary sphere, storytelling is part of our evolutionary history, the way non-genetical information is passed on to younger generations but also an apparatus encouraging sociality, cooperation, attention and ultimately survival. Viewed in this light, narrative and storytelling need not (and will not) be tied to any particular medium. On the contrary, every new medium will necessarily provide a fresh environment ready to be filled with stories.

The explosion in availability of web 2.0 media is proving to be a laboratory for the flourishing of narratives. New platforms appear constantly and become readily adopted by a myriad of users. Literally millions of new stories are told every day on blogging and microblogging sites. Authors have become present in social networks and other digital platforms in order to interact with their audiences and, in return, audiences have engaged more personally not just with the authors and other readers, but also with the stories they follow. Furthermore, stories have stopped being contained in just one medium. Authors are increasingly building their stories through the use of several media whether digital or analogue. The result of this process is what I call an intermedial text. This kind of text is really a collection of texts constituting a larger narrative. Although this seems to imply a degree of narrative fragmentation, content that exists in a single medium might stand on their own, frame, repeat or complement content from other media. Although this poses an aggregate set of work and skills for authors, readers’ level of involvement is amplified. In this kind of texts, readers face the task not only of grasping the narrative on a fenomenological or cognitive level as it usually happens, but also of, literally, finding its parts and pieces and shaping the larger story from them.

Intermedial narrative, which is comparable to convergence media as proposed by Henry Jenkins, is by no means new. The most famous examples of intermedial narrative are movie and TV franchises such as Lost and The Matrix. The business and entertainment side of intermedial narratives have often be used to question its cultural value. Nevertheless, the evident appeal they hold for their audience – who cannot be considered mere consumers – makes it impossible to ignore them. Moreover, it is pressing to begin understanding the mechanisms at play that make these narratives so personally engaging to their readers, and the common set of skills they tap into and/or develop. We might be facing a change of paradigm regarding what deep reading means leaning towards a deep involvement with the stories.

El origen de las historias

La vez pasada, leyendo a Dehaene y antes de eso a Wolf, nos quedamos en que la capacidad de lectura es el producto del reciclaje neuronal de vías y áreas utilizadas ancestralmente para otro tipo de funciones cognitivas como el reconocimiento de objetos, etc. La mayoría de estos descubrimientos, tengo la impresión, surgen a partir de experimentos donde los voluntarios leen sobre todo listas de palabras aisladas que suponen un reto de reconocimiento y comprensión (biobibliografía) – buen material para esto serían las listas de ingredientes que están en las etiquetas de alimentos procesados y productos de limpieza – o en un contexto de otras palabras más o menos también sueltas unidas fonética o semánticamente (head-heat-heal o sofá-sillón). No obstante que esos tipos de especificidad y precisión sean necesarias para los controles experimentales y, por lo tanto, para la adquisición de datos, los lectores no estamos conscientes de la base fisio-psicológica cuando leemos. Podemos, sin embargo, notar cuando grupos de palabras (no quiero usar la palabra texto, todavía) está escrito bellamente o con tanta densidad que con trabajo se entiende, también si está mal redactado o es confuso, pero sobre todo nos haremos conscientes de lo nos dice en términos de información (ya sea una historia real, de ficción, la ciencia de la lectura, un instructivo para armar una silla, etc) y, por lo tanto, si nos interesa o no. Y ya que estamos tratando de entender todo esto, nos podemos preguntar ¿de dónde viene lo que leemos?

Un lugar para empezar a buscar respuestas ha sido On the Origin of Stories de Brian Boyd, un tratado evolucionista sobre el hecho de contar historias. La versión abreviada de los principios que Boyd defiende va más o menos así: La grandeza de los logros culturales humanos fue posible gracias a la evolución de nuestras mentes y las historias, como artefacto cultural – es decir, pasado de generación en generación por medios no genéticos – es una adaptación en tanto favorece la supervivencia del individuo, grupo o especie que la posee/practica (¿?). Convencido de esto, el autor explica una serie de razones por las cuales el contar historias es adaptativamente útil y paradójico para el animal hipersocial, un vaivén entre cooperación y atención individual. El arte y las historias entonces favorecen la cooperación entre individuos – las historias se comparten, se cuentan a alguien más. También transmite conocimiento, nos hace expertos en algo que no hemos experimentado y, en ese sentido, para Boyd es fundamental caracterizar las historias como juego cognitivo, es decir, práctica para la vida real, para la supervivencia real, análoga a los cachorros que ensayan ser lobos adultos cuando cazan un hueso o pelean entre ellos. No obstante, lo más importante del juego cognitivo no es únicamente la adquisición de conocimiento, sino que hace flexible nuestra mente y, con el tiempo, los miles de años que los humanos llevamos leyendo, por ejemplo, propicia modificaciones en nuestros sistemas perceptivos, cognitivos y expresivos. Una consecuencia de esto, dice Boyd, es que el arte y las historias se convierte en un sistema del que emerge la capacidad de concebir el mundo más allá del ahora y el aquí, un sentido de final abierto (open-endedness). El otro lado del arte y las historias como adaptación evolutiva, en el mundo hipersocial humano, es la necesidad de atención. La atención en este contexto otorga al individuo o grupo atendido un sentido de poder – ya sea el que cuenta la historia o del que se cuenta la historia, una importancia que, de acuerdo con Boyd, también se traduce en éxito reproductivo y de supervivencia. La estrategias narrativas que hemos pasado estudiando todos los que estudiamos literatura son la forma de ganar esta atención y qué son los cánones literarios sino un testimonio de la atención ganada, incluso a través de siglos, por el individuo que contó una historia magistralmente.

Ya habiendo establecido el origen y función evolutivos de las historias, el autor se enfoca en capacidades psicológicas que propician nuestro gusto y facilidad de comprender y crear historias, entre ellos la teoría de la mente (theory of mind) y la falsa creencia (false belief). La teoría de la mente es la capacidad de leer a otros, sus predisposiciones (deseos, miedos, creencias), intenciones y acciones, las cuales, además pueden ser, en parte, el esfuerzo de esos otros para entender las nuestras. Por ello, Boyd cita la premisa de Marco Iacoboni, “cuando vemos a otros, los encontramos tanto a ellos como a nosotros mismos”. Por otra parte, la falsa creencia es en primera instancia la capacidad de darnos cuenta de que otros pueden tener una idea diferente o contraria a la realidad sobre algo, una forma no literaria de ironía dramática; en otro nivel es la capacidad de entender los pensamientos de alguien sobre otros. En términos más básicos, la teoría de la mente y la falsa creencia nos permiten lidiar el espacio entre apariencia y realidad, y por lo tanto la representación de eventos y la comprensión de la ficción como ficción.

Un corolario para concebir las historias como adaptación evolutiva será sin duda la ubicuidad de su existencia. Dehaene ya nos convenció de que los mecanismos fisiológicos de la lectura son universales y ahora Boyd nos ofrece una lista de aspectos que se repiten alrededor del mundo. En primer lugar, el hecho de contar historias aparece en todas las culturas ya sean escritas o no. Segundo, la capacidad de contar historias se desarrolla espontáneamente en la niñez. Tercero, la entrada limitada de estímulos perceptuales (una historia) da lugar a una salida conceptual procesada y elaborada (una enseñanza, una reacción emocional) – evidencias de esto es que inferimos mucho más de lo que una historia nos dice y somos prácticamente incapaces de suprimir una respuesta. Hasta el momento estoy persuadida por los puntos 1 y 3. El segundo, sin embargo, tal vez necesite mayor elaboración, que por desgracia Boyd no ofrece ¿a qué se refiere con “espontáneamente”? puede ser a que no se enseña, sino se aprende de propia mano, por otra parte, qué hay de los estímulos previos, las historias contadas a nuestro alrededor por otros e incluso que apropósito se nos cuentan de niños, las cuales uno pensaría constituyen una forma de enseñanza y que se ha comprobado sí favorecen la adquisición de lenguaje escrito. ¿Acaso la capacidad de contar historias es diferente de la capacidad de entenderlas?

Ya para terminar solamente deseo mencionar las dos premisas que debe seguir la crítica literaria evolutiva que propone Boyd: a) debe enriquecer nuestro entendimiento y apreciación de la literatura, b) no debe rechazar lo que ya se ha dicho si no sugerir nuevas direcciones en las que mirar todo eso. En ese sentido, como lo mencionaba arriba, los mismos aspectos que siempre hemos estudiado – personaje, trama, estructura, ironía dramática y tema – deben verse a la luz de qué función adaptativa desempeñan. Boyd pone mucho énfasis en el mantener la atención a través de cualquier artefacto literario, porque la atención permitirá a una historia no sólo mantener a sus escuchas/lectores, sino que también propiciará su permanencia y expansión dentro de una cultura, por ejemplo, si establece valores distribuidos ampliamente en ella. No obstante, tal vez las implicaciones más interesantes de esta aproximación crítica estén en ejercicios comparativos: la evolución de un tema desde la Grecia Clásica / la Edad Media /etc. hasta nuestros días; las formas en las que estructuras narrativas se han hecho complejas para no ser predecibles; cómo y porqué algunas historias se cuentan y vuelven a contar en distintos momentos; y cuáles son las respuestas de las audiencias a todo esto. Boyd en sus últimos capítulos realiza un par de ejercicios críticos evolutivos y, aunque son sugestivos de ciertas ideas, creo que hace falta hacer más preguntas sobre qué se aporta con esta aproximación además de lo que la crítica “tradicional” hace y sobre todo qué podría aportar potencialmente, qué preguntas puede provocar y cuáles responder. ¿nos permitirá ver los textos como los entes en proceso de evolución – Las mil y una noches como “fósil” de una adaptación dada y su influencia en la historia literaria como su desarrollo? ¿nos ofrecerá algún insight sobre lo que constituye la literariedad en tanto sería una constante que se mantiene a lo largo de los siglos? E incluso ¿nos va a enseñar a hacernos otro tipo de preguntas sobre la literatura? Como área de estudios y aproximación crítica nuevas, la crítica biocultural todavía causa más preguntas que respuestas, pero algo que me atrae mucho es que constituye un regreso a una amplia valoración de los logros humanos no en un éter metafísico, sino como resultado de su condición de animal hipersocial – ¿lo podríamos llamar un humanismo evolutivo?